Inspirado en el capítulo 7 del libro Rayuela escrito por Julio Cortázar
Me
miraste directamente a los ojos, en un segundo, ya estaba hipnotizado, perdí el
control de mi cuerpo, aun estando consciente no podía hacer nada, ya habías
tomado control de mi cuerpo y como si fuese un muñeco, empezaste a controlarme
solo con tu mirada, esa mirada coqueta y sensual que no pude contraatacar,
todos los intentos por tratar de procesar lo que me estaba pasando eran en
vano, mi mente estaba en blanco y lo único que existía era esa mirada tan
profunda que podía verme a mí mismo desde tus ojos.
Comenzaste
a controlarme, mi cabeza se acercaba cada vez a la tuya, mis únicos movimientos
conscientes eran para tratas de comprender en qué momento había iniciado todo,
pero solo era un espectador. Mi vista se fue oscureciendo cada vez más de la
misma forma que la luna reemplaza al sol y trae consigo la oscuridad y tapa
todo lo que antes era visible.
Había
una textura nueva, mis labios podían sentir algo tan suave y dulce como el
algodón de azúcar, podía sentir como si mis labios se desvanecían al sentir tus
labios, y por un instante éramos uno solo. Ya era tarde y me dejé llevar, no
recordaba ni donde estaba, solo vivía el momento. Ese beso no solo quedó mis
labios, sino también se quedó grabado en mí y aún sigue pegado a mí.
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